martes, 24 de febrero de 2009

Cinaroas

090105 Yo, ciudadano
“Cinaroas”
Gustavo Martínez Castellanos
Escuché la palabra hace un mes, durante la ceremonia de premiación y no he podido olvidarla. Su exotismo, su filo sibilante y su perfil romanceado llamaron poderosamente mi atención al momento en que la oí, de labios de una mujer que se encontraba en la fila de asientos próxima al Maestro Sergio Jacobo. Y fue como un reto. Una amenaza. Un anzuelo porque el hombre que estaba junto a aquella mujer cuyo rostro nunca vi, replicó mirándome a los ojos: “Sí, pero con /c/, no con /s/”, y la imaginé de inmediato, rodeada de elementos ajenos a todo lo que hemos conocido hasta ahora, oculta, agazapada en los meandros de la historia dispuesta a ser desvelada del entramado de siglos que la habían mantenido oculta para presentarse ante mí, extranjero de aquellas tierras, como un monolito sagrado ante un arqueólogo profano. Tal vez anglosajón y torpe de las cosas de estas tierras. Y la adopté.
La arropé en mi memoria mientras la sonrisa de aquel hombre continuaba cortando mi tranquilidad, como si con ella deseara dejar una cicatriz que jamás cerrara. E hizo bien, porque hasta ahora, a un mes de distancia de aquello no sólo veo los labios sonrientes de aquel señor sino que también veo que la mujer cuyo rostro nunca vi, sonríe; y todos, las casi doscientas personas que estaban en el recinto cuyo nombre tampoco conocí sonríen. Después, la sonrisa del Maestro Sergio Jacobo, su mano cálida y su amabilidad sin cotos: “Bienvenido, es un honor tenerlo con nosotros”.
Y es que todo pasó deprisa ese cinco de diciembre de 2008 en los Mochis.
Nuestra llegada después de un agotador viaje desde Acapulco, sin más escalas que una noche a menos tres grados en Toluca, un desayuno apresurado en Culiacán y una rápida visita a la Plazuela Álvaro Obregón sin poder encontrar el nombre de ese general de las Guerras de Reforma cuyo bronce no alcanzó para una humilde placa que indique a los fuereños quien era ese recio varón que señala con el sable desenfundado hacia el frente mientras piernas y quijadas aprietan la rabia, el hambre y la sed y en sus ojos se adivina un brillo de gloria ante un enemigo tal vez extranjero. Tal vez extraviado. Como yo.
Aunque las prisas iniciaron veinte días atrás: el 14 de noviembre en que la Licenciada Maritza López me informó que el jurado del Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2008 me había concedido dicho galardón en el género de Narrativa.
A partir de esa llamada, entraron muchas más, algunas de periodistas de la prensa nacional y otras de amigos y familiares que nunca supe cómo se enteraron pero cuya insistencia me dejó la sensación de que vivimos en esa ciudad de 1984 de George Orwell y que todos nos estamos vigilando día y noche.
Desde aquella llamada, hasta el momento en que escuché “Cinaroas”, fue como si cada paso que diera fuera para enfangarme más en un juego semejante al que sobrevive Robin Williams en Jumanji, porque tuve que resolver en tiempos muy castigados tantos problemas como nunca pensé que se presentarían para alguien como yo cuando recibe un premio tan importante.
Y en medio de todo aquel torbellino aquella palabra fue como ese instante en que el protagonista del Descenso al Maelström voltea hacia el cielo y lo mira sereno, estrellado. Con la luna llena callada mirándolo desde lo alto. Esa palabra.
Se convirtió en un reto. Con otras en la charla, nuestro guía me hizo recordar mis clases de lingüística en la Universidad, el inicio de la maestría truncada, mis lecturas por el puro orgullo de no dejarme vencer por la adversidad: No necesito dinero para hacer una maestría; mis pininos en Acapulco y el reencuentro con la realidad: si existe un lugar en el que a nadie le interese la lingüística ese es mi puerto. Mi ciudad. Y la defección final: Ahí será para cuando tenga dinero.
En el trayecto a Los Mochis, hablamos de eso: de lingüística, como sinaloense que es -“mazatleco, patas saladas”, lo saludó un paisa- él ha hurgado entre textos y autores locales y ha elaborado sus propias teorías. Muy buenas, y al menos el trayecto de dos horas y media por la Benito Juárez hacia la Mochis desde Culiacán, fue menos pesado, menos monótono; para todos, porque aparte del chofer, cuyo nombre me dijo cuando fue por nosotros al aeropuerto y no pude retener, todos llevábamos sueño. Nosotros por el viaje y la mala noche en Toluca, el guía quién sabe, pero por momentos se arrellanaba en su asiento y se cubría con su ligera chamarra y desde abajo su boca continuaba hablando, contándome cosas de su tierra, de su estado, de Culiacán, de Los Mochis (“Too Much”, ¡vaya!), de Cómo andan las cosas por acá en una suave elipsis a la injusta violencia generada por el narcotráfico, de los esfuerzos que realizan -como en casi todo el país- los investigadores locales, los creadores independientes, los bardos y los idealistas que hacen su trabajo de gambusinos sin recursos económicos, sin apoyos técnicos o profesionales, sin la mano omnipotente del gobierno federal que reconcentra todo a su redor olvidando a las otras tantas patrias que es México. Y me decía eso mientras atravesábamos la zona ganadera más larga del país, cuyo olor a boñiga se adivina a varios kilómetros a la distancia y viaja por la brisa del mar que viene de este lado, mira de acá y rebota de aquel otro en la sierra. ¿Cuál sierra? ¿Pos aquélla, qué no ves los cerros? Y no, no los veía, nunca aparecieron en la extensa planicie apenas moteada por una que otra lomita. ¿Esos? Sí, ésos. No, brother, eso no puede ser la sierra, sierra la de Guerrero y cerros los del anfiteatro de Acapulco, si nosotros fuéramos menos pachangueros acusaríamos una terrible claustrofobia. Bueno, pues desde aquí, hasta donde tu vista alcanza es la zona de embarque, no más.
Tierra rica, pródiga, feraz. Inagotable.
De gente blanca y afable. Mujeres hermosísimas, hombres de buena talla. Jóvenes por doquier. ¿Cómo vino a sentar sus reales ese maligno cancro del narco en esta ubérrima franja como Chile?
Mi guía dice: Así somos. Yo creo que no. Pienso, en concordancia con mi formación de ceceachero, que esa riqueza bendita de su tierra y de su clima atrajo a la otra. Que esa ventaja de su planicie rematada en serranía cautivó a las mafias y que, a fin de cuentas, la franqueza de esta gente y su proverbial apertura las sedujo. “El niño Dios te escrituró un establo y los veneros de la coca el Diablo”, parafraseo a López Velarde en el epígrafe a Las venas abiertas de América Latina, y siguiendo la charla del guía reconozco que tal vez tenga razón. Habla, con cierta presunción, de la forma en cómo el narco devolvió hace unos meses los uniformes de 18 soldados: Los hallaron en los botes de la basura; y luego habla de Malverde y después expone su teoría -muy interesante- sobre el santo de los narcos. “Gracias porque la carga llegó completa”, cita un exvoto. Y de tema en tema, llegamos a los Mochis en donde sólo estuvimos seis horas, recuerdo ahora y recuerdo también que antes de que aquel hombre soltara la palabra “Cinaroa”, ahí, en el Museo del Fuerte, la había visto escrita, pero con /s/. Y creo que es una buena forma de iniciar este relato de mi viaje a Sinaloa para recibir el Premio Gilberto Owen 2008 que me fue entregado hoy hace un mes y cuyos detalles relataré en las próximas entregas.
Un abrazo a los Maestros Sergio Jacobo Gutiérrez y Vicente López Portillo y a la Licenciada María Luisa Miranda gracias por su hospitalidad y calidez.
Nos leemos en la crónica: gustavomcastellanos@gmail.com
Feliz 2009. Por fin se fue Félix Salgado Macedonio. No hay mal que dure cien años.

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