sábado, 31 de octubre de 2009

Dia de Muertos en México

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El Día de Muertos es una celebración mexicana de origen prehispánico que honra a los difuntos el 2 de noviembre, comienza el 1 de noviembre, y coincide con las celebraciones católicas de Día de los Fieles Difuntos y Todos los Santos. Es una festividad mexicana y centroamericana, se celebra también en muchas comunidades de Estados Unidos, donde existe una gran población mexicana y centroamericana. La UNESCO ha declarado esta festividad como Patrimonio de la Humanidad. El Día de los Muertos es un día festejado también en el Brasil, como Día dos Finados.



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El festival que se convirtió en el Día de Muertos era conmemorado el noveno mes del calendario solar mexica, cerca del inicio de agosto, y era celebrado durante un mes completo. Las festividades eran presididas por la diosa Mictecacíhuatl, conocida como la "Dama de la Muerte" (actualmente relacionada con "la Catrina", personaje de José Guadalupe Posada) y esposa de Mictlantecuhtli, Señor de la tierra de los muertos. Las festividades eran dedicadas a la celebración de los niños y las vidas de parientes fallecidos.

jueves, 29 de octubre de 2009

Letras y Manos

"Las letras son como las manos que se estrechan al saludar, como las palmas que se ofrecen abiertas para acariciar suaves rincones escondidos"

Alex R. Romero

http://landruladas.blogspot.com/

Aparición urbana


¿Surgió de bajo tierra?

¿Se desprendió del cielo?

Estaba entre los ruidos,

herido,

malherido,

inmóvil,

en silencio,

hincado ante la tarde,

ante lo inevitable,

las venas adheridas

al espanto,

al asfalto,

con sus crenchas caídas,

con sus ojos de santo,

todo, todo desnudo,

casi azul, de tan blanco.

Hablaban de un caballo.

Yo creo que era un ángel.


Oliverio Girondo

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martes, 27 de octubre de 2009

Anónimo consuelo

Los aires de grandeza me asfixian. Cumplido el medio siglo, ¿en qué arte podría triunfar? Ya me resigno: jamás seré una celebridad patria. Aunque, por otro lado, tengo mi casa en propiedad, agua caliente, saneamiento, nevera, cocina de gas y electricidad; tengo vehículo a motor, ropa en grandes cantidades, una despensa llena, seguro médico y posibles para viajar por el mundo varias veces al año. ¿Por qué envidiar entonces a tanto pobre desgraciado? Seguro que Cervantes, Bécquer, Quevedo, Velázquez, Goya o El Greco se cambiarían ahora por mí.


Raúl Sánchez Quiles

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jueves, 22 de octubre de 2009

El origen del mal

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En medio de un bosque vivía un ermitaño, sin temer a las fieras que allí moraban. Es más, por concesión divina o por tratarlas continuamente, el santo varón entendía el lenguaje de las fieras y hasta podía conversar con ellas.

En una ocasión en que el ermitaño descansaba debajo de un árbol, se cobijaron allí, para pasar la noche, un cuervo, un palomo, un ciervo y una serpiente. A falta de otra cosa para hacer y con el fin de pasar el rato, empezaron a discutir sobre el origen del mal.

-El mal procede del hambre -declaró el cuervo, que fue el primero en abordar el tema-. Cuando uno come hasta hartarse, se posa en una rama, grazna todo lo que le viene en gana y las cosas se le antojan de color de rosa. Pero, amigos, si durante días no se prueba bocado, cambia la situación y ya no parece tan divertida ni tan hermosa la naturaleza. ¡Qué desasosiego! ¡Qué intranquilidad siente uno! Es imposible tener un momento de descanso. Y si vislumbro un buen pedazo de carne, me abalanzo sobre él, ciegamente. Ni palos ni piedras, ni lobos enfurecidos serían capaces de hacerme soltar la presa. ¡Cuántos perecemos como víctimas del hambre! No cabe duda de que el hambre es el origen del mal.

El palomo se creyó obligado a intervenir, apenas el cuervo hubo cerrado el pico.

-Opino que el mal no proviene del hambre, sino del amor. Si viviéramos solos, sin hembras, sobrellevaríamos las penas. Más ¡ay!, vivimos en pareja y amamos tanto a nuestra compañera que no hallamos un minuto de sosiego, siempre pensando en ella "¿Habrá comido?", nos preguntamos. "¿Tendrá bastante abrigo?" Y cuando se aleja un poco de nuestro lado, nos sentimos como perdidos y nos tortura la idea de que un gavilán la haya despedazado o de que el hombre la haya hecho prisionera. Empezamos a buscarla por doquier, con loco afán; y, a veces, corremos hacia la muerte, pereciendo entre las garras de las aves de rapiña o en las mallas de una red. Y si la compañera desaparece, uno no come ni bebe; no hace más que buscarla y llorar. ¡Cuántos mueren así entre nosotros! Ya ven que todo el mal proviene del amor, y no del hambre.

-No; el mal no viene ni del hambre ni del amor -arguyó la serpiente-. El mal viene de la ira. Si viviésemos tranquilos, si no buscásemos pendencia, entonces todo iría bien. Pero, cuando algo se arregla de modo distinto a como quisiéramos, nos arrebatamos y todo nos ofusca. Sólo pensamos en una cosa: descargar nuestra ira en el primero que encontramos. Entonces, como locos, lanzamos silbidos y nos retorcemos, tratando de morder a alguien. En tales momentos, no se tiene piedad de nadie; mordería uno a su propio padre o a su propia madre; podríamos comernos a nosotros mismos; y el furor acaba por perdernos. Sin duda alguna, todo el mal viene de la ira.

El ciervo no fue de este parecer.

-No; no es de la ira ni del amor ni del hambre de donde procede el mal, sino del miedo. Si fuera posible no sentir miedo, todo marcharía bien. Nuestras patas son ligeras para la carrera y nuestro cuerpo vigoroso. Podemos defendernos de un animal pequeño, con nuestros cuernos, y la huida nos preserva de los grandes. Pero es imposible no sentir miedo. Apenas cruje una rama en el bosque o se mueve una hoja, temblamos de terror. El corazón palpita, como si fuera a salirse del pecho, y echamos a correr. Otras veces, una liebre que pasa, un pájaro que agita las alas o una ramita que cae, nos hace creer que nos persigue una fiera; y salimos disparados, tal vez hacia el lugar del peligro. A veces, para esquivar a un perro, vamos a dar con el cazador; otras, enloquecidos de pánico, corremos sin rumbo y caemos por un precipicio, donde nos espera la muerte. Dormimos preparados para echar a correr; siempre estamos alerta, siempre llenos de terror. No hay modo de disfrutar de un poco de tranquilidad. De ahí deduzco que el origen del mal está en el miedo.

Finalmente intervino el ermitaño y dijo lo siguiente:

-No es el hambre, el amor, la ira ni el miedo, la fuente de nuestros males, sino nuestra propia naturaleza. Ella es la que engendra el hambre, el amor, la ira y el miedo.


León Tolstoi


lunes, 19 de octubre de 2009

Giraluna


Por fin, después de múltiples señalamientos de sus compañeros y de noches enteras de frío y de revolución esperando que le mostrara su otra cara, la luna lo miró. Desde esa noche, dejó de llamarse girasol.

viernes, 16 de octubre de 2009

Mi correo personal - La Sabiduría del Silencio Interno-

La Sabiduría del Silencio Interno

Texto Taoista


Habla simplemente cuando sea necesario.

Piensa lo que vas a decir antes de abrir la boca.

Sé breve y preciso ya que cada vez que dejas salir una palabra,

dejas salir al mismo tiempo una parte de tu chi.

De esta manera aprenderás a desarrollar el arte de hablar sin perder energía.

Nunca hagas promesas que no puedas cumplir.

No te quejes y no utilices en tu vocabulario

palabras que proyecten imágenes negativas

porque se producirá alrededor de ti

todo lo que has fabricado con tus palabras cargadas de chi.

Si no tienes nada bueno, verdadero y útil qué decir,

es mejor quedarse callado y no decir nada.

Aprende a ser como un espejo: Escucha y refleja la energía.

El universo mismo es el mejor ejemplo de un espejo

que la naturaleza nos ha dado,

porque el universo acepta sin condiciones nuestros pensamientos,

nuestras emociones, nuestras palabras, nuestras acciones

y nos envía el reflejo de nuestra propia energía

bajo la forma de las diferentes circunstancias

que se presentan en nuestra vida.

Si te identificas con el éxito, tendrás éxito.

Si te identificas con el fracaso, tendrás fracasos.

Así podemos observar que las circunstancias que vivimos

son simplemente manifestaciones externas

del contenido de nuestra habladuría interna.

Aprende a ser como el universo,

escuchando y reflejando la energía

sin emociones densas y sin prejuicios.

Porque siendo como un espejo sin emociones

aprendemos a hablar de otra manera.

Con el poder mental tranquilo y en silencio,

sin darle oportunidad de imponerse

con sus opiniones personales

y evitando que tenga reacciones emocionales excesivas,

simplemente permite una comunicación sincera y fluida.

No te dés mucha importancia, y sé humilde,

pues cuanto más te muestras superior,

inteligente y prepotente,

más te vuelves prisionero de tu propia imagen

y vives en un mundo de tensión e ilusiones.

Sé discreto, preserva tu vida íntima,

de esta manera te liberas de la opinión de los otros

y llevarás una vida tranquila volviéndote

invisible, misterioso, indefinible,

insondable como el Tao.

No compitas con los demás, vuélvete como la tierra

que nos nutre, que nos da lo que necesitamos.

Ayuda a los otros a percibir sus cualidades,

a percibir sus virtudes, a brillar.

El espíritu competitivo hace que crezca el ego

y crea conflictos inevitablemente.

Ten confianza en ti mismo,

preserva tu paz interna

evitando entrar en la provocación

y en las trampas de los otros.

No te comprometas fácilmente.

Si actúas de manera precipitada

sin tomar conciencia profunda de la situación,

te vas a crear complicaciones

La gente no tiene confianza en aquellos que muy fácilmente dicen “sí”,

porque saben que ese famoso “sí” no es sólido y le falta valor.

Toma un momento de silencio interno

para considerar todo lo que se presenta

y toma tu decisión después.

Así desarrollarás la confianza en ti mismo y la sabiduría.

Si realmente hay algo que no sabes,

o no tienes la respuesta a la pregunta que te han hecho, acéptalo.

El hecho de no saber es muy incómodo para el ego

porque le gusta saber todo, siempre tener razón

y siempre dar su opinión muy personal.

En realidad el ego no sabe nada,

simplemente hace creer que sabe.

Evita el hecho de juzgar y de criticar,

el Tao es imparcial y sin juicios,

no critica a la gente,

tiene una compasión infinita y no conoce la dualidad.

Cada vez que juzgas a alguien

lo único que haces es expresar tu opinión muy personal

y es una pérdida de energía,

es puro ruido.

Juzgar es una manera de esconder sus propias debilidades.

El sabio tolera todo y no dirá ni una palabra.

Recuerda que todo lo que te molesta de los otros

es una proyección de todo lo que

todavía no has resulto de ti mismo

Deja que cada quien resuelva sus propios problemas

y concentra tu energía en tu propia vida.

Ocúpate de ti mismo, no te defiendas.

Cuando tratas de defenderte

en realidad estás dándole demasiada importancia

a las palabras de los otros

y le das más fuerza a su agresión.

Si aceptas el no defenderte estás mostrando

que las opiniones de los demás no te afectan,

que son simplemente opiniones

y que no necesitas convencer a los otros para ser feliz.

Tu silencio interno te vuelve impasible.

Haz regularmente un ayuno de la palabra para volver a educar al ego

que tiene la mala costumbre de hablar todo el tiempo

Practica el arte de no hablar.

Toma un día a la semana para abstenerte de hablar.

O por lo menos algunas horas en el día

según lo permita tu organización personal.

Este es un ejercicio excelente para conocer

y aprender el universo del Tao ilimitado

en lugar de tratar de explicar con las palabras qué es el Tao.

Progresivamente desarrollarás el arte de hablar sin hablar

y tu verdadera naturaleza interna

reemplazará tu personalidad artificial,

dejando aparecer la luz de tu corazón

y el poder de la sabiduría del silencio.

Gracias a esta fuerza atraerás hacia ti todo lo que necesitas

para realizarte y liberarte completamente.

Pero hay que tener cuidado de que el ego no se inmiscuya.

El poder permanece cuando el ego se queda tranquilo y en silencio.

Si tu ego se impone y abusa de este poder

el mismo poder se convertirá en un veneno,

y todo tu ser se envenenará rápidamente.

Quédate en silencio, cultiva tu propio poder interno.

Respeta la vida de los demás y de todo lo que existe en el mundo.

No trates de forzar, manipular y controlar a los otros.

Conviértete en tu propio maestro y deja a los demás ser lo que son,

o lo que tienen la capacidad de ser.

Dicho en otras palabras, vive siguiendo la vida sagrada del Tao.


Texto taoísta traducido por Oscar Salazar Photobucket



miércoles, 14 de octubre de 2009

Hiperbrevedad "El Hombre Invisible"

Aquel hombre era invisible, pero nadie se percató de ello.
Gabriel Gimenez Emán


domingo, 11 de octubre de 2009

Cuento "Coco" de Guy de Maupassant


En toda la zona circundante llamaban a la finca de los Lucas, «La hacienda». No se sabría decir por qué. Sin duda, los campesinos asociaban a la palabra «hacienda» una idea de riqueza y de grandeza, puesto que esta propiedad era sin lugar a dudas la más extensa, la más opulenta, la más ordenada de la comarca. El patio, inmenso, rodeado de cinco filas de magníficos árboles para proteger del intenso viento de la planicie a los manzanos compactos y delicados, contenía largos edificios cubiertos de tejas para conservar el forraje y los cereales, hermosos establos construidos en sílex, cuadras para treinta caballos, y una vivienda de ladrillo rojo que parecía un pequeño palacio. El estiércol estaba bien cuidado; los perros de guarda tenían casetas y todo un mundo de aves pululaba entre la hierba crecida. Cada mediodía, quince personas, dueños, criados y sirvientas, se sentaban en torno a la larga mesa de la cocina sobre la que humeaba la sopa en una gran fuente de loza con flores azules.

Los animales, caballos, vacas, cerdos y corderos estaban gordos, cuidados y limpios; el patrón Lucas, un hombre alto que empezaba a echar estómago, hacía su ronda tres veces al día, vigilándolo todo, pensando en todo.

Por compasión, conservaban en el fondo del establo a un viejo caballo blanco que la dueña quería alimentar hasta que le llegara su muerte natural, porque ella lo había criado, lo había tenido siempre y porque le traía muchos recuerdos. Un zagal de quince años, llamado Isidore Duval, y más sencillamente, Zidore, cuidaba de este pobre inválido, le daba durante el invierno su ración de avena y su forraje y, en verano, iba cuatro veces al día a moverlo en el lugar en que lo ataban, con el fin de que tuviera siempre hierba fresca en abundancia. El animal, casi tullido, levantaba con esfuerzo sus pesadas patas, inflamadas en las rodillas e hinchadas por encima de los cascos. Su pelo, que ya no cepillaban jamás, parecía canoso y las pestañas, muy largas, daban a sus ojos una expresión triste.

Cuando Zidore lo llevaba a pastar, tenía que tirar de la soga, pues el animal se desplazaba lentamente; y el chiquillo, encorvado, jadeante, despotricaba contra él, furioso por tener que cuidar de este viejo jamelgo. La gente de la hacienda, al ver la cólera del zagal contra Coco, se divertía hablando constantemente a Zidore del animal, para enojar al muchacho. Sus amigos le hacían bromas. En el pueblo lo llamaban Coco-Zidore.

El chaval se enfurecía, sentía nacer en él el deseo de vengarse del caballo. Era un chiquillo delgado y alto, muy sucio, de cabello pelirrojo, abundante, fuerte y erizado. Parecía retrasado, hablaba tartamudeando, con gran esfuerzo, como si las ideas no hubieran podido formarse en su espíritu tardo de bruto. Desde hacía tiempo, le sorprendía que conservaran a Coco, le sublevaba ver cómo tiraban el dinero en este animal inútil. Desde el momento en que ya no trabajaba, le parecía injusto alimentarlo, creía indignante desperdiciar así la avena, avena que costaba bastante, para este jaco paralítico. E incluso, a veces, pese a las órdenes del patrón Lucas, economizaba en el pienso del animal, no echándole nada más que la mitad de la ración, ahorrando en la paja para el lecho y en el heno. Y el odio aumentaba en su espíritu confuso de niño, un odio de campesino rapaz, de campesino solapado, brutal y cobarde.

Cuando llegó el verano, tuvo que ir a mover al animal en su cota. Estaba lejos. El zagal, cada mañana más furioso, iba con paso lento a través de los trigales. Los hombres que trabajaban las tierras, como broma le gritaban: «¡Eh! Zidore, saluda de mi parte a Coco». No respondía; pero, al pasar, partía una varilla de un seto y, tras haber cambiado de sitio la atadura del viejo animal, le azotaba los jarretes. El animal intentaba huir, cocear, escapar de los golpes, y giraba al extremo de la soga como si hubiera estado encerrado en una pista. Y el chico lo golpeaba con rabia, corriendo detrás, con saña, con los dientes apretados por la ira. Luego se marchaba lentamente, sin volverse, mientras el caballo lo miraba irse con su mirada de viejo, con las costillas salientes, sofocado por haber trotado. No volvía a bajar hacia la hierba su cabeza, huesuda y blanquecina, hasta ver desaparecer a lo lejos la blusa azul del joven campesino.

Como ahora las noches eran cálidas, dejaban que Coco durmiera fuera, allá lejos, al borde de la torrentera, detrás del bosque. Zidore era el único que iba a verlo. El chiquillo se divertía lanzándole piedras. Se sentaba a diez pasos de él, sobre un talud, y permanecía allí una media hora, lanzando de vez en cuando una piedra afilada al jaco, que estaba de pie, encadenado ante su enemigo, y mirándolo sin cesar, sin atreverse a pastar antes de que se marchara.

Pero esta idea continuaba plantada en la mente del zagal: «¿Por qué alimentar a este animal que ya no hacía nada?», le parecía que este miserable jamelgo robaba el pienso a los demás, robaba el dinero a los hombres, los bienes al buen Dios, incluso le robaba a él, Zidore, que sí trabajaba. Entonces, poco a poco, cada día el chiquillo fue disminuyendo la franja de pasto que le daba avanzando la estaca de madera en la que la soga estaba fijada. El animal ayunaba, adelgazaba, languidecía. Demasiado débil para romper su amarra, tendía la cabeza hacia la alta hierba verde y brillante, tan cercana, y cuyo olor percibía sin que pudiera alcanzarla.

Una mañana a Zidore se le ocurrió una idea: no mover más a Coco. Estaba harto de ir hasta tan lejos para atender a aquella osamenta. Pero fue, no obstante, sólo para saborear su venganza. El animal, inquieto, lo miraba. Ese día no le pegó. Dio vuelta a su alrededor, con las manos en los bolsillos. Hasta fingió cambiarlo de sitio, pero volvió a introducir la estaca exactamente en el mismo sitio, y se marchó, encantado con su ocurrencia. El caballo, viéndolo marcharse, relinchó para llamarlo; pero el zagal echó a correr dejándolo solo, completamente solo en ese valle, bien atado y sin una brizna de hierba al alcance de su quijada. Hambriento, intentó alcanzar la suculenta hierba que tocaba con la punta de sus ollares. Se puso de rodillas, estirando el cuello, alargando el belfo baboso. Fue inútil. Durante todo el día, el pobre animal se agotó realizando esfuerzos inútiles, esfuerzos terribles. El hambre lo devoraba, un hambre más horrible por la visión de todo aquel verde alimento que se extendía hasta el horizonte.

El zagal no regresó ese día. Vagabundeó por los bosques buscando nidos. Reapareció al día siguiente. Coco, extenuado, se había acostado. Pero se levantó al ver al chico esperando que, al fin, lo cambiara de lugar. Pero el pequeño campesino ni siquiera tocó el taco de madera colocado en la hierba. Se acercó, miró a animal, le lanzó un gorullo de tierra que se aplastó sobre su pelo blanco y, silbando, se marchó. El caballo permaneció de pie mientras pudo divisarlo, luego, comprendiendo que sus tentativas para alcanzar la hierba cercana serían baldías, se echó de nuevo sobre un costado y cerró los ojos.

Al día siguiente Zidore no vino. Un día después, cuando se acercó a Coco que seguía tendido, se percató de que estaba muerto. Entonces permaneció de pie, contemplándolo, satisfecho de su acción, sorprendido al mismo tiempo de que todo hubiera acabado. Lo tocó con el pie, levantó una de sus patas y la dejó caer, se sentó encima y permaneció allí, con los ojos clavados en la hierba, sin pensar en nada.

Regresó a la hacienda, pero no dijo nada de lo sucedido porque quería seguir vagabundeando a las horas en las que, normalmente, iba a cambiar de sitio al animal. Fue a verlo al día siguiente: los cuervos levantaron el vuelo cuando él se acercó. Innumerables moscas se paseaban por el cadáver y zumbaban a su alrededor.

Al volver, anunció lo ocurrido. El animal era tan viejo que nadie se sorprendió. El patrón dijo a dos criados: «Cojan las palas y hagan un agujero en el lugar donde se encuentra». Y los hombres enterraron el caballo justo en el sitio en el que había muerto de hambre. Y la hierba brotó fuerte, verde y vigorosa, nutrida por el pobre cuerpo.


Guy de Maupassant

jueves, 8 de octubre de 2009

Tv Dinner

videoPhotobucketDedicado a los gatos que me han adoptado a lo largo de mi vida. ¡Gracias, los amo!

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miércoles, 7 de octubre de 2009

Ya no tienes corazón

Dicen que del amor al odio hay un paso…ese paso puede ser tan corto que cuando sientes el dolor, la punzada en el corazón, no te mueves del sitio.

Así me quedé yo, de pie, junto a las vías del tren en dónde tantas veces habíamos recorrido el mundo cogidos de la mano…

Tus promesas hechas añicos como una muñeca de porcelana estrellada contra el suelo.

¿Cuántos años puede durar una mentira?

¿Existe realmente un amor puro y verdadero?

El amante fiel, el compañero de vida, el amigo incondicional… siempre esconde algún secreto. Siempre.

Nadie es como tú, eres maravillosa, la mujer de mi vida, mi alma gemela… mentiras, aunque sé que tú mismo las creías.

Quizás idealicé al príncipe azul, aquel que moriría por mi y por quién me dejará matar.

Sí, hay hombres maravillosos, pero el hombre es hombre y sus instintos pueden más que la razón.

La mentira es un veneno que se filtra por tus venas y que sale por tu boca.

¿Cuánta tregua puede darte una mentira piadosa? Las medias verdades son un arma de doble filo.

En el amor no pueden esconderse secretos por miedo a enfados. No… no se debe. Los secretos matan el amor.

Has perdido. Te marchas dolido y cabizbajo con la certeza de que ya no hay marcha atrás…

¿Tu corazón? Es mío… lo has dicho siempre y esa fue tu única verdad.

Mis pasos se niegan a seguir los tuyos.

Camina hacia sus brazos y refúgiate entre sus sábanas…Cuéntale los mismos sueños, dile lo que toda mujer quiere escuchar…

Ya no tienes corazón, ese es un secreto que tú y yo sabemos. Lo enterraré junto al mío en el jardín del dolor.


FAIL

http://petalosdenoche.blogspot.com/2009/09/ya-no-tienes-corazon.html

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lunes, 5 de octubre de 2009

Deja...

http://dejamequetecuente68.blogspot.com/

domingo, 4 de octubre de 2009

4 de Octubre Dia Mundial de los Derechos de los Animales

¿Qué puedes hacer tú en un día como hoy?

Hay muchas cosas que cada uno de nosotros podemos hacer para ayudar a los animales, aquí te propongo unas cuantas:

- Si aún no lo eres, considera seriamente el ser vegetariano.
- Hazte socio de un refugio/protectora o hazles un donativo, ya sea en metálico o llevándoles pienso, mantas, medicinas, etc.
- Hazte voluntario de una protectora.
- No compres animales en tiendas y adopta a un perro, gato o animal abandonado de un refugio.
- Si no quieres adoptar, ofrécete como casa de acogida temporal de animales abandonados.
- Denuncia cuando sepas de la existencia de una caso de maltrato animal.
- Habla a tus amigos y familia sobre lo que les pasa a los animales.
- No compres más productos de laboratorios o empresas que experimenten con animales.
- No te vistas con pieles de animales.
- Participa en campañas, recogidas de firmas o manifestaciones en su favor.
- No asistas a corridas de toros ni las veas por televisión.
- No vayas a fiestas donde se maltraten ni vejen a animales.
- No vayas a los zoos ni a circos donde haya espectáculos con animales.
- Educa a tus hijos en el respeto por todos los seres vivos.

El libro de arena


La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes... No, decididamente no es éste, more geométrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.

Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas.

Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora.

-Vendo biblias -me dijo.

No sin pedantería le contesté:

-En esta casa hay algunas biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.

Al cabo de un silencio me contestó:

-No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.

Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.

-Será del siglo diecinueve -observé.

-No sé. No lo he sabido nunca -fue la respuesta.

Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una Biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.

Fue entonces que el desconocido me dijo:

-Mírela bien. Ya no la verá nunca más.

Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.

Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí.

En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:

-Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?

-No -me replicó.

Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:

-Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen principio ni fin.

Me pidió que buscara la primera hoja.

Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.

-Ahora busque el final.

También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:

-Esto no puede ser.

Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:

-No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita aceptan cualquier número.

Después, como si pensara en voz alta:

-Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.

Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:

-¿Usted es religioso, sin duda?

-Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico.

Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.

-Y de Robbie Burns -corrigió.

Mientras hablábamos, yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:

-¿Usted se propone ofrecer este curioso espécimen al Museo Británico?

-No. Se le ofrezco a usted -me replicó, y fijó una suma elevada.

Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan.

-Le propongo un canje -le dije-. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.

-A black letter Wiclif! -murmuró.

Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor de bibliófilo.

-Trato hecho -me dijo.

Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.

Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.

Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descalabrados de Las mil y una noches.

Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. En una de ellas vi grabada una máscara. En ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia.

No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía.

Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.

Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.

Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.

Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.

Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.


JORGE LUIS BORGES

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Menos Violencia, Más orgasmos

¡Subvertir la violencia en placer! El orgasmo, más allá de la experiencia físico-corporal, es ícono de entrega y amor. El apoyo, la unión, la empatía entre mujeres nos ayuda a crecer y tener la fuerza de 'todas a una'.