domingo, 5 de junio de 2011

FORTUNA IMPERATRIX MUNDI

Imagen: Jean Delville: “La rueda de la Fortuna”

"Sobre el poder y el destino: Fortuna Imperatrix Mundi"

Por Fernando Montoya


Como sabemos, la obra resulta ser la pieza más memorable del compositor alemán Carl Orff, inspirada en una colección de poemas medievales de los siglos XII y XIII, los cuales fueron descubiertos en 1803 en el monasterio benedictino de Beuern, Alemania.

La mezcla de alemán antiguo, latín y francés de las canciones genera una potente invocación coral a la Fortuna: aquella diosa romana de la suerte que, sin importar que ésta sea de la buena o de la mala, hábilmente teje y desteje los filamentos que amparan los destinos de los hombres, sometiéndolos bajo su yugo y cuyas veleidades cambian al igual de las fases de la Luna.


La obra atrajo mi atención en un tema en particular: la relación poder-destino. “Carmina Burana” nos permite embonar piezas en miras de la construcción de la identidad de la Edad Media, es decir, la proyección en el espacio y tiempo del individuo medioevo y su participación en la pluralidad de espacios sociales a lo que es capaz de acceder y en los que es capaz de posicionarse.


En tal caso, el poder medieval estaba simbolizado por el Rey, el señor feudal, la Iglesia y por todo el discurso existente de poder: el Derecho, la propiedad de la tierra, la propiedad espiritual y el ejército. Empero, el destino concebido por el medieval era no sólo una fuerza lúdica, incierta, insoslayable, sino además malévola. Mientras el Rey podía gozar de fama y bienes, podía llegar otro que, en un parpadeo, lo podía despojar de todo.

“Sors immanis et inanis, rota tu volubilis, status malus, vana salus semper dissolubilis” (Destino, salvaje y vacío, eres una ruleta, con posturas inciertas, tu favor es ocioso y tendiente siempre a disolverse).

Así, el hombre medieval escuchado en “Carmina Burana” se encandila de los bienes otorgados por la Fortuna: riquezas, honor, poder y gloria. Pero al verse privado de los manjares, culpará a la infiel Dama, a la dureza que se ensaña contra él. De tal manera, se creará una dualidad en la personalidad de la Fortuna: por una parte, generosa por aquellos privilegios otorgados; y por la otra, una fuerza que navega a la deriva.


“In Fotunae solio sederam elatus, propseritatis vario flore coronatus; quicquid enim florui felix et beatus nunc a summo corrui gloria privatus” (En el trono de la Fortuna eufórico me había sentado, coronado de alegres flores de prosperidad; por mucho que prosperara, feliz y bendecido, ahora he caído del pináculo, privado de mi gloria).

La constancia de la Fortuna, desde este punto de vista, consiste, precisamente, en su inconstancia, en su mutabilidad, es un poder ciego, una rueda que se maneja con leyes insondables que afectan a todos por igual. La “buena” Fortuna, en todo caso, produce una falsa felicidad:

1) porque se la sabe mudable y por lo tanto se teme en cualquier momento su pérdida y así no se goza;

2) porque no se le conoce y se le goza en la ceguera de la ignorancia;

3) si en alguna ocasión y de manera excepcional se produce estabilidad de una situación fortuita, con todo el último día de vida es como una especie de muerte para la Fortuna que ha permanecido estable.


En el sistema de pensamiento medieval, resulta inasible una comprensión cabal de los designios de la Fortuna. Es necesario, por tanto, tomar distancia, no aferrarse a descifrar el trabajo de la rueca.


Además, es probable concebir, en este sistema, que la mala Fortuna es mejor para los hombres que la buena, pues ésta, al mostrarse propicia, siempre engaña con su falsa apariencia de felicidad; aquélla, la mala, presentándose inconstante a través de sus cambios, es siempre sincera. Una engaña; la otra, instruye. Boecio pensaba que la buena Fortuna atrae con sus encantos a los hombres, apartándolos del “verdadero bien”; la mala Fortuna los arrastra con su arpón devolviéndolos hacia los “verdaderos valores”. Cuando el sistema se muestra perverso, cuando la Fortuna expulsa de su seno al hombre, dice el filósofo, “descubre su rostro y declara abiertamente su manera de ser” (Consolación por la Filosofía).

“Fortunae rota volvitur; descendo minoratus; alter in altum tollitur; nimis exaltatus rex cedet in vertice caveat ruinam! nam sub axe legimus Hecubam regina” (Gira la rueda de la Fortuna; me hundo, degradado; uno es levantado; exaltado, un rey se sienta en la cumbre – ¡dejen que él tenga cuidado con la ruina! Bajo el eje leemos, la reina Hécuba).


La buena Fortuna, pues, al mostrar su esencia saca al hombre del sistema. Y éste, marginado, busca consuelo con el canto de las musas. Pero la mala Fortuna, para aquellos que tanto la criticamos, no abandona a sus discípulos en desgracia. Expulsa a la buena y lo devolverá a la verdadera patria en la que terminará endiosado, gozando, quizás, de la verdadera felicidad.


La buena Fortuna exilia; la mala, repatria. Y sólo así, para el hombre medieval, y es probable, que para nosotros en la contemporaneidad, este mandato llevará adelante la empresa de poder plasmar una sociedad políticamente justa, aunque sólo podremos salvarnos si tenemos la buena suerte de tener mala suerte.


Aquí un fragmento… “O Fortuna Fortune plango vulnera”:

Enlace: "Teoría de la prosa III"


2 comentarios:

  1. Buen post , sí señora, y Carmina Burana siempre es piel de gallina..

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  2. Jordim: coincido contigo, un gran abrazo y sigue visitándonos.

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